La reacción está salivando con la victoria de Bukele, siendo su principal reclamo la lucha contra la delincuencia y la retórica populista fascistizada. Pero Bukele no ha hecho magia con la criminalidad en El Salvador.
La reducción de los homicidios no solo responde a la mano dura del gobierno, sino -y esto es todavía más importante- al abandono del uso extensivo del mismo por parte de las maras, que poseen nuevos métodos para hacerse valer.
Los datos sobre homicidios tampoco incluyen, desde la llegada de Bukele al poder, las muertes causadas por las fuerzas armadas y de seguridad de el país. Esta reducción del número de homicidios se da, además, gracias a un estado de excepción semipermanente desde 2021.
Si la población ve su capacidad de movimiento restringida, es imposible que cometa la misma cantidad de delitos.
Bukele no está acabando con el crimen, siquiera está acabando con el homicidio. Bukele oculta una porción de las muertes, y reduce la otra pactando con una fracción de la burguesía que, en su camino a la institucionalización, empezaba a prescindir del homicidio.
La miseria en el Salvador sigue siendo exactamente la misma que hace seis años, y ni los «Dios primero» ni las aventuras con las criptomonedas han subsanado este hecho, verdadero y principal origen de la criminalidad en el país.
La «mano dura» contra la reacción -que incluye al narco y a Bukele- tiene un nombre: terror rojo. Y éste viene siempre acompañado de la destrucción del modo de producción capitalista y de la transformación de todos los aspectos de la sociedad.
Solo la revolución puede barrer con las sanguijuelas que desangran El Salvador; solo ella puede brindar la retribución al proletariado salvadoreño.
Loading suggestions...