24 Tweets 13 reads Sep 17, 2024
El enésimo «debate del siglo» que venía a decidir el futuro de la humanidad fue, como no podía ser de otra forma, una exhibición de la clamorosa impotencia del socio-liberalismo para enfrentar la amenaza filofascista que se cierne sobre el proletariado mundial.
Si uno atiende solo al debate, y lo hace desde las coordenadas de la pequeña burguesía «ilustrada», sin duda puede salir de ahí con la percepción autocomplaciente de que Trump es un reaccionario trasnochado que tiene que echar mano de burdas manipulaciones para medrar.
Sin embargo, desde esta perspectiva, pareciera complicado entender por qué, por ejemplo, fue capaz de amasar 62.985.106 sufragios en las elecciones de 2016. Pero no hay que preocuparse porque la izquierda tiene justificaciones para todo.
En última instancia, los millones de votantes que en la última década han aupado a la nueva reacción serían un híbrido entre una manada de ignorantes y una caterva de exaltados fanáticos fascistas profundamente ideologizados.
No le vamos a pedir responsabilidades a la progresía por odiar a la «chusma» . Lo que sí podemos hacer es detenernos a analizar como, mal que les pese, el nuevo fascismo ha conseguido establecer los términos del debate gracias, en gran parte, a su inestimable colaboración.
A lo largo y ancho del centro imperialista, los gobiernos del ala izquierda del capital han sido gestores fundamentales de las numerosas crisis acaecidas desde que el velo del fin de la historia se rompiera en 2008. Y no está de más recordar como fue esta gestión.
Después de actuar como alegres verdugos de la clase obrera ante el necesario reajuste que exigía la crisis de valorización y después, también, de que las maravillosas fracciones que venían a hacer «nueva política» se demostraran como lo que eran,
una excrecencia algo más izquierdosa pero ante todo servil al nuevo orden, alguno se sorprende de la desafección generalizada, cuando no de un revanchismo palpable.
Ante la tesitura de una reacción capaz de vehicular el descontento generalizado hablando frontalmente de él mediante la puesta sobre la mesa de chivos expiatorios, los representantes del baluarte «progresista» se han atrincherado en una superioridad moral repugnante.
No hay más que ver el porte de la nueva esperanza de «la izquierda» a lo largo del debate. La señora Harris, en un afán de presentarse como una alternativa beligerante, mantuvo en todo momento el rictus de arrogancia propio de quien está acostumbrado a saberse superior.
Evidentemente, el señor Trump no nos merece ningún respeto, de hecho las caritas de autosuficiencia serían lo más tranquilo que se nos ocurriría lanzarle. La cuestión es que todo responde a una performance patética.
La imagen de Trump menospreciado por la otra candidata, «fact-checkeado» sistemáticamente por los serios periodistas y denostado por los integrantes de las triunfantes tertulias post-debate solo alienta y galvaniza a los suyos
Esta imagen de paladín incomprendido genera empatía y vehicula todo el odio que el pueblo americano – y con él, parte del proletariado – alberga contra el «establishment».
Mientras el socio-liberalismo se regodea en «fact-checks» y argumentos vacíos impregnados de superioridad moral, él, como todos su correligionarios alrededor del mundo, medra satisfecho.
Los términos de esta «polarización», basados en el moralismo sensacionalista que reproduce a pies juntillas la izquierda, han sido establecidos por ellos, hasta convertirse a estas alturas en el terreno juego en el que se dirimen los debates. Y donde ellos tienen las de ganar.
Solo hay que ver como los discursos han ido deslizándose, subreptíciamente, hacia los cauces que dicta su agenda para arañar un par de votos. Pero no venimos aquí a descubrir la derechización a marchas forzadas que ha experimentado todo el espectro político.
Nuestra pregunta es como superar este aparente callejón sin salida. Mucho nos tememos que solo hay una opción: pertrechados tras un análisis materialista de la realidad, debemos armar la rabia y el desasosiego del proletariado para organizar el nuevo envite revolucionario.
Algo que, evidentemente, el socio-liberalismo presentado como única alternativa no puede hacer. No pueden reconducir el discurso desde la toma de partido ética hacia la apelación a los intereses del proletariado.
Como mucho pueden lanzar vindicaciones vagas contra la «élite» de lo millonarios mientras defienden a ultranza la pequeña burguesía y la aristocracia obrera que subyugan al proletariado como cadenas de transmisión del orden burgués.
Al fascismo no se le para debatiendo ni en las urnas. Al fascismo no se le puede mantener como enemigo existencial gracias al cual galvanizar a los propios adeptos para, de refilón, legitimar la democracia burguesa.
Al fascismo hay que destruirle ideológica y organizativamente hasta las últimas consecuencias construyendo la fuerza histórica capaz de erradicarlo junto con sus condiciones de existencia. Y nos tememos que una de estas últimas es la pata izquierda del partido del orden.
No quisiéramos terminar sin señalar el verdadero trasfondo del debate, por si se hubiera pasado por alto. Tras la fachada de confrontación performática, Trump y Harris compitieron por quien endurecería más las fronteras y se reafirmaron en su apoyo al genocida ente sionista.
Adversarios, sí. Pero ante todo antiproletarios. Para todos aquellos intelectuales que nos invitan a la claudicación mediante lacrimógenas apelaciones éticas, no estaría de más que nos ilustraran sobre cual es la cifra de muertos tolerable para recurrir a la opción «menos mala».
Nosotros tenemos clara nuestra responsabilidad histórica con nuestros camaradas palestinos, migrantes y con el proletariado internacional. No hay falsa disyuntiva ni componendas que valgan. Algunos deberían temer un poco como les recordará el futuro.

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