Una cerilla no parece muy relevante hoy en día, pero en el Londres victoriano supuso una revolución para la industria. Tener la capacidad de prender fuego rápidamente supuso un antes y un después para cocinar, encender la estufa, etc.
La producción de las cajas de cerillas aumentó rápidamente con lo que también lo hizo la mano de obra contratada.
Además de las pésimas condiciones laborales propias de la época, las trabajadoras de la empresa de cerillas Bryant & May trabajaban sin ninguna medida de protección e inhalaban día tras día vapores de fósforo blanco durante largas horas.
Al principio, esto producía leves dolores en las muelas, pero con el tiempo los huesos de la mandíbula y de la nariz se necrosaban produciendo lo que se conoce como la fosfonecrosis:
Las cerilleras iniciaron varias huelgas en 1881, 1885, 1886 y 1888 debido a las pobres condiciones de salubridad, las jornadas de 14 horas diarias,
las multas que los capataces imponían a las trabajadoras y el hecho de que tenían que comprar ellas mismas parte de los materiales del proceso de producción -como por ejemplo el pegamento-.
La empresa aceptó varias de las demandas e incluso e 1901 dejaría de usar fósforo blanco con motivo de la presión de las trabajadoras y de la mala prensa que acumuló, instaurándose la producción de cerillas con fósforo rojo, que no producía los mismos efectos adversos.
Ya en 1906 se prohibiría definitivamente el uso del fosforo blanco en esas condiciones. Lo interesante de la lucha de las cerilleras fue su capacidad para vincularse en sus protestas con otros trabajadores, incluso de otras empresas.
El proletariado se halla golpeado una y otra vez por las herramientas que él mismo opera, moldeando su cuerpo y su mente a los intereses del capital. La clase trabajadora se halla sometida a los ritmos de la producción de valor.
Las mutilaciones, los dolores crónicos y los accidentes laborales se convierten en consecuencias terribles para el cuerpo subyugado a la producción burguesa.
Quién no conoce a un compañero de trabajo o tiene un familiar con un dolor crónico en la espalda, tres o cuatro operaciones de rodilla o incluso con una enfermedad más grave inducida por las jornadas maratonianas a qué nos vemos condenados.
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